No te imaginas el bien que me hiciste al marcharte, me
enseñaste que no soy nada indispensable y que cualquier rey que no es humilde
no es más que un tirano. Me enseñaste que al creer que “me las se todas” no me
vuelve un sabio sino un idiota.
Contigo aprendí a perderlo todo para ganar, que sufrir es
necesario si quiero crecer, y que lo contrario de crecer no es estabilidad sino
morir. Incluso al largarte me hiciste acercarme a Dios, ¿y es que si no es a ti
a quien más le entrego tanto amor? Te diste cuenta que yo no era feliz y te
desvaneciste obligándome a estar triste para encontrar la dicha en mi y no en
ti.
Me arrancaste de raíz tantos malos hábitos, aprendí a estar
solo, a ser fuerte y a no llorar si no es necesario, me hiciste ver que la
lluvia y la regadera no son lo mismo, y también que conocer muchas personas no
me hace conocerme a mi, me enseñaste que en tu ausencia distraerme no es
más que postergar lo inevitable, y que el orgullo no puede evitar que escriba
acerca de ti pero si que te hable.
Intentando resumir puedo decir que me enseñaste que soy un
gran cobarde para reconocer que dentro de mí; por ti mi pecho arde, y que mi
boca comprendió que un whisky a las rocas no sabe también como un beso de tu
sobria boca. En pocas palabras y para concluir con esta tímida carta, te diré
que me enseñaste que cuando creía que sabía lo que era sentir, me hiciste saber
que realmente no había empezado a vivir, vaya que he aprendido contigo en
apenas esta primera clase de esta lección que se llama crecer y que dentro de
mi tristeza se esconden unas masoquistas ganas de graduarme y sacar una
maestría en este futuro incierto que se llama soledad.
Gracias y con mucho cariño, para mi profesora… la que me empezó
a enseñar cuando dejo de asistir a clases por lo mal que le pagué.
No hay comentarios:
Publicar un comentario