domingo, 16 de junio de 2013

Estar sin ti



Estar ti es creer que por andar enamorado de mi soledad, su compañía es suficiente.
Y luego darme cuenta de que estoy en el camino equivocado aunque voy nadando a favor de la corriente.
Estar sin ti es saber que debo regresarme pero seguir caminando porque el trayecto recorrido es muy avanzado como para devolverme.
Es subir a la cima de una montaña con la misión de esculpir un “adiós” en la piedra de lo imposible pero al llegar darme cuenta que las herramientas las dejé en casa.
Es pedirte que regreses pero en el fondo suplicarle a Dios que no me escuches porque se que apenas vuelvas recordaré porque sentí paz cuanto te fuiste.
Es intentar ver el sol sin gafas al medio día, es arrojarle hielo al aceite hirviendo para apagarlo.
Estar sin ti es lo que quiero querer, alejarme de ti es una deuda que tengo con mi autoestima que he intentado postergar y así se me ha ido consumiendo la vida. Pero de nada sirven mis intentos, porque ya tu hace mucho que no estás aquí, aunque cuando te marchaste dejaste todos los recuerdos, ellos son los hijos que nuestros cuerpos sudaron… y te extrañan, cada vez crecen más porque todas las noches los alimento. ¿Cuando vendrás a ver a nuestros recuerdos? Ellos no dejan de preguntar por ti y nunca se que decirles.

sábado, 8 de junio de 2013

No te imaginas

No te imaginas el bien que me hiciste al marcharte, me enseñaste que no soy nada indispensable y que cualquier rey que no es humilde no es más que un tirano. Me enseñaste que al creer que “me las se todas” no me vuelve un sabio sino un idiota.
Contigo aprendí a perderlo todo para ganar, que sufrir es necesario si quiero crecer, y que lo contrario de crecer no es estabilidad sino morir. Incluso al largarte me hiciste acercarme a Dios, ¿y es que si no es a ti a quien más le entrego tanto amor? Te diste cuenta que yo no era feliz y te desvaneciste obligándome a estar triste para encontrar la dicha en mi y no en ti.
Me arrancaste de raíz tantos malos hábitos, aprendí a estar solo, a ser fuerte y a no llorar si no es necesario, me hiciste ver que la lluvia y la regadera no son lo mismo, y también que conocer muchas personas no me hace conocerme a mi, me enseñaste que en tu ausencia distraerme no es más que postergar lo inevitable, y que el orgullo no puede evitar que escriba acerca de ti pero si que te hable.
Intentando resumir puedo decir que me enseñaste que soy un gran cobarde para reconocer que dentro de mí; por ti mi pecho arde, y que mi boca comprendió que un whisky a las rocas no sabe también como un beso de tu sobria boca. En pocas palabras y para concluir con esta tímida carta, te diré que me enseñaste que cuando creía que sabía lo que era sentir, me hiciste saber que realmente no había empezado a vivir, vaya que he aprendido contigo en apenas esta primera clase de esta lección que se llama crecer y que dentro de mi tristeza se esconden unas masoquistas ganas de graduarme y sacar una maestría en este futuro incierto que se llama soledad.

Gracias y con mucho cariño, para mi profesora… la que me empezó a enseñar cuando dejo de asistir a clases por lo mal que le pagué.